Durante meses de preparación, ensayos, reuniones y muchas horas de trabajo compartido, treinta jóvenes fueron tejiendo algo más que una fiesta: construyeron una verdadera escuela de vida, de arte y de comunidad. La Fiesta de los Jóvenes 2025 se convirtió en el fruto visible de un proceso donde cada uno descubrió talentos, aprendió a mirar al otro con empatía y eligió amar incluso en las diferencias.
“Vi tanta gente un domingo de sol, me conmovió el latir de tantas vidas, y adiviné tu abrazo gigantesco…”, escribió uno de los participantes al recordar el día de la fiesta. Ese mismo abrazo se sintió durante toda la experiencia: en los ensayos, en la misa, en los gestos pequeños y en la alegría compartida. Para muchos, fue también un tiempo de sanación interior. “Entendí que a veces hay que jugarse por lo que uno siente que Dios le muestra”, dijo otro joven.
Las palabras del Papa León XIV resumen el corazón de esta vivencia: “Es Jesús quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida, es Jesús quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar.” Hoy, los ecos de la Fiesta de los Jóvenes 2025 siguen resonando en la gratitud de quienes participaron y en el reconocimiento a todos los que la hicieron posible. Porque en cada canción, en cada escenografía y en cada abrazo se manifestó una certeza compartida: vivir a través del amor transforma, y juntos podemos ser uno.

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